LuiS: 14 de febrero de 2009, San Valentín.

…. Aquel día tenía que trabajar, y lo que era peor, al día siguiente, aunque fuese domingo, también; así que tuve que ir al trabajo “vestida para la ocasión”.


Siempre me ha pasado que cuando tengo una cita, o es una ocasión especial que requiere de un aspecto especial, nunca consigo dar con la indumentaria correcta. Empiezo a probarme ropa, y no me siento a gusto con ninguna. Ante la desesperación… me pongo lo primero que pillo, que no siempre es la elección más acertada.


Para aquella primera cita, tras rebuscar y rebuscar en el armario, finalmente opté por un modelo sencillo: camisa negra, pantalones vaqueros y tacones.
Siempre es mejor sentirse a gusto y pasar desapercibida, a llamar demasiado la atención.


Pasé todo el día nerviosísima. Semanas antes mi amiga y yo habíamos estado planeando cientos de formas para presentarnos, cientos de cosas que debía decirle, o cómo iba a comportarme, pero llegado el momento… no cumplí ninguna de ellas.


A las 21h, mi compañera de trabajo y yo, terminamos la jornada y nos fuimos directas a su casa. En más de un momento, mientras esperábamos a que Luis llegara, deseé no estar allí. Recordé que siempre me metía en jaleos de los que luego no sabía salir, y que era estúpida si por un momento se me ocurría pensar que esto podía funcionar…


… y en esas estaba cuando sonó el timbre…


Yo estaba en la cocina, y como en las casas antiguas, ésta está lo más alejada de la puerta de la entrada, con lo cual, mientras avanzaba por el pasillo, podía escuchar a mi amiga y a su novio saludar a sus amigos, entre los que estaba Luis.


Mientras caminaba, sólo me repetía una cosa: “no te comportes como una gilipollas”.
…. Y entré en la habitación.


Para mi sorpresa, en aquella ocasión, que de alguna manera era la segunda primera vez que nos conocíamos, sí sentí algo. Mejor dicho, sentí muchas cosas.
Fue un cúmulo de sensaciones, que comenzaron con un hormigueo en el estómago, un ligero enrojecimiento de las mejillas y la boca completamente abierta, terminando con una sonrisa de oreja a oreja… Es decir, empecé a comportarme como una gilipollas: no sabía que hacer con las manos, en que lugar de la habitación ponerme, no sabía de que hablar, y lo peor de todo… no podía parar de sonreír, pero con esa sonrisa estúpida de la que eres perfectamente consciente, pero que por alguna razón que no acabo de entender, es incontrolable.


Mi amiga nos preguntó si nos conocíamos y ambos respondimos que no... Era evidente que no era cierto, pero descocozco si él recordaba que esa no era la primera vez que nos veíamos.
Tras presentarnos, fuimos todos a la cocina para cenar. Días antes había sido su cumpleaños, y días antes, mientras mi amiga y yo planeábamos cual iba a ser la técnica a emplear con Luis, bromeando, le dije a su novio que cuando felicitase a Luis por su cumpleaños debía decirle que se acordaba gracias a que yo se lo recordé.


Pues bien, como he dicho antes, estábamos todos en la cocina cenando cuando alguien le preguntó por su cumpleaños. En ese momento, el novio de mi amiga le dijo: “si yo me acordé de felicitarte fue porque (yo) me lo recordó”.
Silencio absoluto….


Silencio roto únicamente por mi atragantamiento… El mordisco que había dado al bocadillo se me había quedado atascado y no había forma de que subiese o bajase.
A esto hay que añadirle que, evidentemente TODOS, incluido él, me miraron fijamente, como buscando una explicación a por qué me había acordado del cumpleaños de un completo desconocido. Comencé a ponerme roja y una vez que hube tragado el dichoso bolo alimenticio, comenzó de nuevo, la sonrisa nerviosa… Bochornoso.


El resto de la noche pasó y pasé desapercibida. Jugamos al party, chicos contra chicas… por supuesto!! En alguna ocasión ambos nos dirigíamos algunas miradas, pero no hubo ningún tipo de acercamiento.


Sobre las 3 de la madrugada nos marchamos de casa de nuestros amigos. Los chicos iban a salir de marcha, pero yo tenía que trabajar, así que, muy a mi pesar debía marcharme a casa. Mi amiga le pidió expresamente a Luis que me acompañara a la parada del taxi y se asegurase de que no me quedaba sola hasta que lo cogiera. Y eso fue lo que pasó… me acompañó hasta la parada y educadamente se quedó esperando. Como ya era tarde, le dije que podían marcharse, que iban a cerrar los bares y que no iba a poder celebrar con sus amigos su cumpleaños. Entonces él miró su reloj y dijo: “aún falta una hora” y se quedó conmigo hasta que cogí el taxi. Durante esos minutos estuvimos hablando de su trabajo, de cómo le iba en la ciudad en la que vive… El taxi llegó demasiado rápido y tuve que decirle adiós.


Tras despedirnos con dos besos, y mientras corría hacia el coche dijo: “cuando llegues a casa haz una perdida, para que sepamos que has llegado bien”, y sonrió. Evidentemente no tenía su número, y seguramente ese hubiera sido un buen momento para pedírselo, pero… no me atreví. Me limité a sonreír y a decir un simple: “lo intentaré”.


Aquella noche no pude dormir… y no fue porque sólo disponía de 4 horas antes de ir a trabajar, no, fue porque cuando ese día ví de nuevo a Luis, tuve una sensación que hasta hoy, no he vuelto a tener con ningún otro hombre.


Sentí que él era ÉL, simplemente. Sentí que era esa persona a la que había estado esperando durante todo este tiempo, y algo dentro de mí, a partir de ese día, empezó a decirme que ocurriese lo que ocurriese o pasase el tiempo que pasase, ÉL y YO estaríamos juntos…
Todavía hoy, a pesar de todo lo ocurrido sigo sintiéndolo cada vez que nos vemos.


A partir de ese 14 de febrero, Luis y yo nos vemos, más o menos, una vez al mes, todo gracias a la ayuda de mi amiga, que me avisa cada vez que él viene y prepara una cena en su casa para que podamos coincidir.



13 de enero de 2010.

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