LuiS: CuaNDo NoS CoNoCiMoS.

Para poder contar bien una historia siempre hay que empezar por el principio, y aunque mi historia con Luis se esté desarrollando en el momento presente, él y yo nos conocimos mucho antes.


Estamos en el año 2006, en concreto a día 8 de septiembre de 2006. En esa época yo tenía 24 años, estaba a punto de cumplir los 25, había terminado la carrera de trabajo social hacía un tiempo y estaba completamente colgada de un hombre (Carlos R., en concreto) que no sentía lo mismo por mí. Por no sentir no sentía ni el respeto que se supone, se debe tener a una amistad de 2 años, aunque claro, eso lo supe más tarde.


En ese momento, como decía, estaba completamente feliz, porque además de estar con la persona que quería, había conseguido un trabajo en una asociación como trabajadora social, aquello para lo que me había estado preparando desde hacía años. Lo cierto es que ese trabajo no era nuevo para mí, ya que ya llevaba un año trabajando allí, pero como voluntaria, y… así es la vida… una vez más estaba en el lugar correcto y en el momento oportuno.


Una de las personas que trabajaba en la asociación, encontró otro trabajo, dejando su plaza libre, y comenzando así, una nueva etapa en mi vida.


Al cabo del tiempo descubrí que, aunque dicho trabajo no era a lo que en un principio aspiraba profesionalmente, allí había personas increíbles (mis compañeras de trabajo) y sobre todo niños encantadores que, a pesar de los problemas familiares por los que pasan, no dejan de sonreír, contagiándote esa dulzura e inocencia.


A día de hoy, continúo trabajando en esa asociación (ya son 3 años… ¡¡cómo pasa el tiempo!!).


Mi historia de amor terminó enseguida (como todas), y yo… yo sólo deseaba que ese día tuviese una especie de resorte que me hiciera saltar una y otra vez al comienzo de mi relación, para así poder volver a estar una y otra vez con ese Ser. Aunque parezca lo contrario, no estaba enamorada de él, estaba completamente enganchada, pero no del corazón, sino de la ingle. Era una especie de amor – odio del cual me era imposible escapar. Pero esa es otra historia y tendrá que ser contada en otro momento...


El año 2006 terminó con más pena que gloria, fue al comienzo del 2007 cuando llegó la sorpresa, en concreto en febrero de 2007.


Unos días antes de carnavales, por primera vez, una de mis compañera de trabajo (en la actualidad una muy buena amiga), me habló de Luis. Al principio empezó como un juego. Comenzó a a hablarme, sin más, de su amigo. Si no recuerdo mal, sus palabras fueron algo así: “tengo un amigo que me gusta mucho para ti”, “creo que ambos tenéis muchas cosas en común y que podríais hacer muy buena pareja”.

"Típico", pensé.


No era la primera vez que me decían algo así, y la verdad es que nunca acertaban. Cuanto más se empeñaban en tratar de ennoviarme, menos lo conseguían. Así que me limité a asentir y a decir tímidamente que ya me lo presentaría.


Como acabo de decir, nunca he creído en estas cosas, y debo reconocer, que cuando meses después le vi por primera vez, no sentí nada. No es que me desagradara físicamente, no, es... simplemente... que no sentí esa punzada en el corazón y esa sensación de tener la boca abierta y no ser capaz de cerrarla (es lo que me suele pasar cuando me enamoro a primera vista).


La primera vez que nos vimos fue un sábado por la noche. Había salido de marcha con unas amigas y coincidí (en mi ciudad siempre coincides con alguien) con mi compañera de trabajo, su novio y los amigos de éste, entre los que se encuentra Luis. En ese momento él tenía 23 años recién cumplidos, yo 25 (es 2 años y medio más joven que yo), y mi anterior relación, Carlos R. tenía 35, así que la primera impresión fue más bien negativa. No es que siempre me hayan gustado los hombres mayores, pero en ese momento y por la experiencia recién vivida, me pareció muy niño, demasiado, y pensé en lo poco que me conocía mi compañera de trabajo, y en lo equivocada que estaba si pensaba que alguien como él podría llegar a gustarme (cuantas veces he tenido que comerme esas palabras...).


Aunque, si bien es cierto que reunía cualidades físicas con las que suelen contar los hombres que me atraen: es alto, muy alto (1’97cm), con barba, de manos masculinas y uñas mordidas (esto puede parecer una tontería, pero es muy pero que muy impotante); la realidad era que no estaba muy por la labor de conocer a alguien nuevo o de empezar nada con nadie, por lo que todo eran pegas.


Mi compañera de trabajo - amiga, que siempre ha tenido mucha paciencia conmigo, me animaba a que le diera una oportunidad, diciéndome que era una persona muy inteligente e interesante, que leía muchísimo, que le encantaba el cine, que era muy bueno en la carrera que estaba estudiando y que le encantaban los sugus (estos caramelitos siempre han sido mi perdición). Creo que eso fue lo que me impulsó a hacer caso a mi compañera de trabajo y a fijarme en él un poco más en serio.


Y de nuevo… otra decepción: su actitud. No intercambiamos ni una sola palabra. Yo intentaba acercarme a él buscando su mirada, o algún comentario para poder meter baza, pero él siempre estaba a su aire, con sus amigos, ni siquiera me miraba, y una vez que salimos del bar en el que estábamos, decidió que quería marcharse a casa. Le dije adiós con la manita… y se acabó.


De nuevo volví a pensar en lo equivocada que estaba mi compañera de trabajo y con esas me fuí a dormir sin pensar demasiado en Luis.


Nos vimos varias veces más, no sabría decir cuantas, y siempre era lo mismo: no hablábamos, no nos mirábamos... Él me ignoraba y yo le ignoraba a él como respuesta. Primero lo hacía por chinchar, pero en las últimas ocasiones lo cierto es que ni siquiera reparaba en su presencia.


Sólo le recuerdo mirándome una vez...


Estábamos todos de marcha en un bar. Yo quería colgar mi abrigo, pero en este bar los colgadores estaban muy altos, a la medida para una persona como Luis, pero no para mí, y yo que siempre he tenido una payasa escondida dentro de mí, quise hacer la gracia. Así que ni corta ni perezosa decidí que yo misma colgaría mi abrigo, pero no lo haría de una forma normal, no, lo haría cogiendo carrerilla y saltando.


Y ahí estaba yo...


Cogí carrerilla... y cuando me disponía a saltar... tropiezo conmigo misma y me doy de bruces contra la columna en la que estaban los colgadores...Mi primera mirada fue, como no, para Yosef, que por primera vez, estaba mirándome mientras sonreía.

22 de octubre de 2009.

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