GeRaRDo: un toledano en París.

Fue la primera vez que estuve con un chico.

Era el año 1998, tenía 16 años, y estaba cursando 1º de Bachillerato (de humanidades, en concreto). Ese año era el viaje de estudios, y nuestro Instituto decidió que el viaje sería París – Países Bajos.

Yo que siempre he vivido en un mundo de cuento de hadas, por aquel entonces soñaba con mi príncipe azul… Un hombre alto, guapo, culto, maduro… que se enamorase de mí nada más verme y que quisiera pasar conmigo el resto de su vida (¡¡malditas películas de Disney!!).

Gerardo y yo nos conocimos el último día del viaje, en una discoteca de París, si no recuerdo mal era un martes o un miércoles.

Él… era un chico de mi edad, que también estaba de viaje de estudios con sus compañeros de clase, y era muy guapo (al menos así lo recuerdo). Lo más gracioso es que este chico era de Toledo.

Tiene guasa la cosa…

Tuve que irme hasta París para poder liarme… ¡¡con un español!!

Como decía, la discoteca era una sala bastante conocida de París, y allí acudía mucha gente, casi toda de cualquier parte del mundo menos de la propia París. Y allí, en la ciudad del amor, como dicen algunos, aunque yo soy más partidaria de Venecia, como ciudad del amor, conocí a Gerardo.

Cosas de adolescentes… Mi amiga se fijó primero en él, pero a él le gusté yo. Le pidió a mi amiga que me dijera que quería “rollo” conmigo (en aquellos años se hacía de esa forma), le dije que sí, y nos fuimos de la mano a la planta de arriba, al reservado con sofás.

Aún recuerdo como si fuera ayer, lo que sentí en ese primer beso… ¡¡asco!!

No me gustó para nada la experiencia. No sé si era por la edad, porque era la primera vez, porque no había ningún tipo de sentimiento hacia Gerardo, o porque él no besaba bien (un poco babosillo si era), pero aún hoy mi cara refleja una mueca de completo asco cuando pienso en ello.

De Gerardo me llevé el recuerdo de una “nueva experiencia”… y un pedazo de chupón enorme que me dejó en el cuello.

No es por ser tremendista pero era realmente grande; y ahí estaba yo, en la habitación del hotel, frotando y frotando ese recuerdito con pasta de dientes (siempre se ha dicho que viene muy bien para estos casos, pero yo tengo mis dudas).

Como he dicho antes, Gerardo y yo nos conocimos el último día del viaje, lo que suponía que al día siguiente toda mi clase, yo incluida, volveríamos a casa…

Con mis padres…

Con un chupón enorme…

¿Cómo ocultarlo? A mí sólo se me ocurrió ponerme un pañuelo alrededor del cuello y decirles a mis padres que me había quedado afónica durante el viaje. Unas horas antes de coger el avión, les llamé por teléfono, e imitando una ronquera inexistente les conté mi problema con las cuerdas vocales. Había que ponerles en sobre aviso…

Cosas de adolescentes… Mis padres nunca supieron la verdad… o eso creo… porque las madres tienen un radar para descubrir las mentiras de sus hijos, y varias veces la pillé mirándome el cuello por el rabillo del ojo.

Nunca volví a saber nada de él, ni falta que hacía. Años después, cuando conocí a Raúl, mi opinión sobre los besos cambió… radicalmente, de tal forma que siempre he considerado aquella vez con Gerardo, como la primera vez que me besaron.

Pero el primer beso… la primera vez que besé realmente... fue a Raúl, pero esa es otra historia, y tendrá que ser contada en otro momento.





23 de octubre de 2009.

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