CuLLeN: CuaNDo NoS CoNoCiMoS

Nos conocimos un 3 de julio de 2010, sábado. En esos momentos mi relación con Jesús daba sus últimos coletazos. La historia de Cullen es como la historia de cualquier otro. Desde hacía varios meses, mis amigas y yo teníamos “fichados” a unos chicos a los que veíamos muy de vez en cuando; y en concreto a uno de ellos, que por su parecido con Robert Pattinson, le apodamos “Edward”.
Este grupo de chicos era un grupo singular.... Singular porque eran chicos jóvenes, atractivos, con buen gusto para la moda, que cuidaban su aspecto, pero que nunca tenían a ninguna chica a su alrededor. Para mis amigas y para mí, la razón estaba clara: eran gays, y más aún.... Percibimos que Edward tenía una relación más estrecha, más especial, con uno de sus amigos, que por supuesto tampoco estaba nada mal, y al que tuvimos que apodar, no quedaba otra, como: “el novio de Edward”.
Aún teniendo el convencimiento de que eran gays y que además eran pareja, mis amigas y yo no podíamos evitar observarlos y sentirnos atraídas por seres tan físicamente perfectos, lo cual, para nosotras, les hacía tener ciertas similitudes con esa peculiar familia de vampiros tan de moda en estos momentos: Los Cullen, apodo con el que finalmente decidimos bautizar a todo el grupo. El 3 de julio de 2010, mis amigas y yo nos encontrábamos en la discoteca de moda, lugar en el que nos sentíamos libres, olvidábamos nuestros problemas y lo único que importaba era reír, y pasarlo bien... o al menos así lo sentía yo, por eso bauticé ese lugar como: “mi rinconcito de libertad”.
Pues bien, estábamos disfrutando de esa libertad, cuando de repente aparecieron los Cullen, que subían las escaleras hacia la primera planta, mientras nosotras las bajábamos, hacia la planta baja. Una vez abajo, volvimos a encontrarlos pasado un rato, pero Edward ya no estaba en el grupo. Mis amigas y yo reíamos imaginando que se habría ido a morder a alguien porque aún no había cenado.
Aunque Edward no estaba, sí estaba su novio y otros amigos más, así que, estratégicamente, y con disimulo, nos colocamos lo más cerca posible para poder admirarlos y compartir nuestras impresiones sobre tan magníficos seres. Es decir... nos pusimos justo al lado.
Y de repente.... un extraño.
Apareció ante mis ojos un chico al que nunca habíamos visto en el grupo, o en el que nunca habíamos reparado. Un chico alto, moreno, con una camisa de cuadros, pantalón negro y zapatos... Sí, sí, los Cullen sieeeeempre llevan zapatos (que combinan con pitillos).
Ese chico desconocido, tenía una mirada peculiar: intensa y directa, que le hacía ser tremendamente atractivo y provocaba en mí una mezcla de vulnerabilidad y atracción... a raudales.
Mientras me miraba, tomándose su tiempo, recorriendo todo mi cuerpo de arriba a abajo y de abajo a arriba, su lengua humedecía sus labios, como si acabase de encontrar la cena de aquella noche y disfrutase imaginando el festín que iba a darse (no obstante pertenecía a una familia de vampiros), yo no pude evitar pensar, que si bien Edward y su novio eran gays, él en concreto no tenía nada de homosexual, y así se lo hice saber a mis amigas. Estábamos debatiendo este último descubrimiento cuando Los Cullen, decidieron cambiar de sitio (que para eso habían pagado), alejándose de nosotras y estableciéndose en otro lugar de la discoteca.
Ni cortas ni perezosas, nosotras hicimos lo mismo, colocándonos de nuevo muy cerca de ellos (al lado).
A estas alturas de la noche, doy por hecho que ellos ya se habrían dado cuenta de nuestra presencia y de nuestros movimientos, pero por si no quedaba claro, decidí realizar un movimiento brusco que no dejase ningún duda: empujé a una de mis amigas contra el novio de Edward. Fue un empujoncito pequeño, de esos que te dan continuamente en una discoteca llena de gente, pero los ojos del Cullen desconocido lo vieron todo, teniendo una excusa para acercarse y comenzar a hablar.
-Si tu amiga quiere conocer a mi amigo, no hace falta que la empujes, dímelo y se lo presento – dijo.
Y entonces la ví..... una magnífica sonrisa, de las que te derrotan, paran el tiempo y el espacio, y te hacen exclamar: "oh - dios - mío".
Tras sacudir la cabeza varias veces, intentando desengancharme de ese magnetismo, acerté a decir: 
- Se ha notado mucho, ¿verdad?
Él respondió con un simple movimiento de cabeza, afirmativo por supuesto, tras el cual se acercó a mi amiga y le presento al novio de Edward, que a partir de ese momento pasó a tener nombre propio, que no reproduciré por eso de la confidencialidad.
Yo, que algo sé de estas cosas, y recordando la forma en la que hacía unos minutos me había mirado el desconocido, y el cúmulo de sensaciones que esa mirada había provocado en mí (por no mencionar su sonrisa), pensé que, de seguir hablando con él iba a meterme en un lío, uno de los grandes, del que seguramente no sabría salir; porque si bien mi relación de pareja no estaba pasando por un buen momento, le debía un respeto. Así que, una vez echas las presentaciones (las nuestras), le pregunté por Edward.
No hay nada peor que preguntarle a un chico que prevees que está interesando en tí, por uno de sus amigos, y mientras él suspiraba, como si fuese algo que le pasase a menudo, respondió a mis preguntas, e incluso me dijo como se llamaba (un nombre horroroso, por cierto, que no reproduciré, no por la confidencialidad, si no por el bien de todos).
Los días siguientes, mis amigas y yo, disfrutamos recordando lo que bautizamos como “el momentazo”, e imaginábamos el momento en el que nos presentasen a Edward. Ya conocíamos a su novio, así que era cuestión de tiempo que le conociéramos a él.
Yo, inevitablemente, no podía dejar de pensar en esa mirada intensa y directa, esa sonrisa cautivadora, y lo diferente que habría sido esa noche de no haber existido Jesús, lo que me demostraba, una vez más, que mi relación con él estaba del todo terminada.
12 de agosto de 2010.

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